Una noche de ronquidos

Una noche de ronquidos

En la vida pasan cosas. Y una/o decide qué hacer con ellas.

El año pasado tomé una decisión que no fue épica ni espectacular, pero sí profundamente revolucionaria para mí: frenar. Dejar de hacer todo lo que venía haciendo. Dejar de correr. Dejar de cumplir. Dejar de sostener. Frenar.

No fue sencillo. Fue incómodo, doloroso, desordenado. Decidí atravesar el tiempo de otra manera. Con menos exigencia y más verdad. Con el amor inmenso de las personas que me rodean, ese que te sostiene cuando no podés sostenerte sola y, por supuesto, con terapia. Mucha terapia.

El primer mes y medio, decidí pasar el tiempo en mi casa en la ciudad de La Plata y fue una verdadera tormenta interna: ansiedades, angustias, incertidumbres. Después, una persona que me acompaña hace muchos años me propuso algo que en ese momento sonaba casi irreal: seguir sanando, pero en su casa, en Barcelona. Y allá fui. Una ciudad que, junto con su gente, abrazaron mi alma destrozada por completo.

Pero todo gran viaje empieza con una pequeña incomodidad.

Mis primeros tres días fueron en Madrid, compartiendo habitación en un hostel con seis personas más. Una decisión bastante cuestionable cuando estás tomando pastillas para dormir y tu único objetivo vital es, justamente, dormir. Si lo miro así, fue una pésima idea. Si lo miro hoy, fue una de las mejores decisiones que podría haber tomado.

La última noche no dormí absolutamente nada. Los ronquidos que venían de la cama de abajo parecían tener vida propia. Al día siguiente, un hombre se me acerca y me pregunta si me había molestado mucho. Se disculpa. Me dice que esa noche yo iba a poder descansar porque él ya regresaba a su casa.

Esa misma tarde, mientras armaba la valija para salir temprano hacia Barcelona, encontré una nota escrita a mano arriba de mi cama que empezaba así:
“Soy Antonio, quien esta noche te molestó con mis ronquidos…”

No sé explicar por qué, pero sentí una corazonada hermosa al leer esa carta. De esas que no hacen ruido, pero te mueven el piso.

Mi viaje continuó. A la semana decidí escribirle. Ese mensaje fue el inicio de conversaciones interminables que, hasta el día de hoy, siguen expandiéndose. Conversaciones sobre la vida, proyectos,  sueños, etc.

Hoy, Antonio me hace un lugar en uno de sus proyectos más interesantes —y créanme que tiene muchos—. Por eso, agradezco cada ronquido que no me dejó dormir esa noche.

Gracias por el encuentro. Gracias por la oportunidad. Gracias por la confianza.

Hoy escribo un agradecimiento y una historia de encuentros improbables.

La semana próxima, ya veremos…

M. Bel Falleo