Bad Bunny en Argentina: cita colectiva de San Valentín

Bad Bunny en Argentina: cita colectiva de San Valentín

Quiero comenzar exponiendo que Benito fue mi cita de San Valentín.

El pasado 14 de febrero, una amiga y yo tuvimos cita con Bad Bunny. Me animo a decir que fue el mejor día de los enamorados que alguna vez viví. De hecho, me animo a decir que no solo el mío y el de mi amiga, sino también el de las ochenta mil personas que coincidimos ese mismo día en ese mismo lugar. Ochenta mil. No es cosa menor.

Realmente el show fue algo difícil de explicar con palabras, no solo por el montaje inédito, incluyendo la “Casita ” y la cantidad de invitados, sino por la implicancia personal y colectiva.

De repente estaba cantando a todo pulmón canciones que aprendí hace años atrás, en otra época, en otra yo. Mezclado con emociones propias del nuevo álbum que me rumbean al verano pasado con mis amigos, y a mi presente. Nuevamente la dimensión del tiempo colapsando. El pasado y el presente ocupando el mismo cuerpo.

La euforia que teníamos era total.

Al día siguiente, la euforia no bajaba. Con mis amigos no paramos de hablar ni un minuto de lo impresionante que había sido. Y se ve que no éramos los únicos. Empezaron a viralizarse notas sobre cómo superar la depresión post-recital de Bad Bunny. La respuesta más frecuente era, por supuesto: escuchando a Bad Bunny. Que algo tan inexacto sea también tan exacto dice mucho.

Que locas estas experiencias personales replicadas en lo colectivo. No por la música en sí, sino por lo que producen: esa experiencia de fundirse con otros, de ser parte de algo más grande que uno. Algo que en Argentina se vivió con millones de personas saliendo a la calle allá por diciembre de 2022 cuando nuestra querida selección liderada por Messi levantó la copa del Mundial de Fútbol.

A esto mi amigo Emile Durkheim, sociólogo francés, lo llamó hace más de un siglo “efervescencia colectiva”, ese estado que se produce cuando un grupo comparte una emoción intensa, cuando los límites del “yo” se disuelven en el “nosotros”.

Eso. Eso mismo sentí. Y creo que sentir eso, en un mundo que tiende a ser cada vez más individualista, me atrevo a llamarlo: el milagro del siglo XXI.

Hablemos del sentido de la pertenencia. No es solo “estar” en un lugar, sino sentirse integrado emocionalmente en él. Porque eso es lo que pasa en un show masivo. No vas solo a escuchar música. Vas a pertenecer. Vas a confirmar que hay otros como vos, que sienten lo que vos sentís, que conocen las mismas letras, que cargaron el mismo peso emocional en esas canciones. El estadio como templo laico. El artista como figura ritual. El público como comunidad que, por unas horas, deja de estar sola.

Sin duda también Benito supo construir algo muy específico con su audiencia. Lo que empezó siendo un ícono para los más jóvenes —el reggaeton de las madrugadas, las canciones que se aprendían de memoria sin entender del todo por qué —se fue convirtiendo en algo que atraviesa generaciones.

Ese alcance no es casual. Tiene que ver con lo que Bad Bunny representa hoy, que excede por demás la música. No olvidemos que justito una semana antes de pisar nuestro país, en febrero de 2026, ganó el Grammy al Álbum del Año con “DeBÍ TiRAR Más FOTos”, convirtiéndose en el primer artista en llevarse ese premio con un disco completamente en español y también incluyendo en su discurso “ICE OUT” haciendo alusión a la situación de los inmigrantes en Estados Unidos.

Una semana después, el Super Bowl LX

Una semana después, encabezó el show de medio tiempo del Super Bowl LX, actuando casi íntegramente en español, ante más de cien millones de espectadores. En el Super Bowl desplegó las banderas de todos los países de América Latina y cerró con un «God bless America» antes de recitar cada país del continente, de Cuba a Canadá. Como diciendo: América somos todos.

Sin duda no solo su música nos interpela, sino también sus acciones y discursos. Porque Bad Bunny no es solo un artista, es una identidad. Y para nosotros, latinoamericanos,  verlo ocupar ese espacio con nuestro idioma, nuestra bandera y nuestra política tiene un peso que no es fácil de explicar pero sí de sentir.

El concierto en el Monumental fue, también, eso. No solo nostalgia, no solo dopamina, no sólo la euforia del día después. Fue el sentimiento de pertenencia individual y colectivo y reconocer en esto un verdadero acto político.

Por eso cuesta bajar.

Por eso la depresión post-recital.

Por eso la cura a esto sigue siendo ni más ni menos que seguir escuchando a Benito Antonio Martínez Ocasio.

Y por último, y más importante. Es de Piscis, como mi gran amigo Antonio.

M. Bel Falleo